¿Víctimas o responsables?

Una invitación a mirarnos con honestidad.

A menudo, en la consulta, escucho frases que nacen desde un lugar de profundo dolor: «Es que él me hizo esto», «Mi situación no me deja avanzar» o «Si tan solo los demás cambiaran, mi vida sería diferente». Es completamente humano sentirse así cuando atravesamos momentos difíciles. El sufrimiento es real, y validar nuestras emociones es el primer paso hacia la sanación.

Sin embargo, hoy quiero invitarte a una reflexión incómoda, pero profundamente liberadora: dejar de vernos como víctimas permanentes para empezar a asumirnos como arquitectos de nuestra realidad.

La trampa de la victimización

Cuando nos situamos en el rol de víctima, cedemos nuestro poder. Si el problema está afuera (en los demás, en el jefe, en la pareja, en el pasado), entonces la solución también debe venir de afuera. Y aquí reside la gran trampa: si no tienes el control del problema, tampoco tienes el control de la solución.

Sentirse víctima es, en cierto modo, una zona de confort. Nos exime de la responsabilidad de cambiar, de establecer límites o de tomar decisiones difíciles. Nos permite esperar a que el entorno se ajuste a nosotros, algo que, lamentablemente, rara vez sucede.

La complicidad: el espejo de lo que permitimos

Hay una frase que suelo compartir en mis sesiones: «No somos víctimas de nadie; somos cómplices de lo que permitimos».

Esta premisa no busca culpabilizarnos por las agresiones o las injusticias que hayamos vivido. Por el contrario, busca devolvernos la soberanía sobre nuestra propia vida.

Ser «cómplices» de lo que permitimos significa reconocer que, en la mayoría de nuestras relaciones y situaciones cotidianas, tenemos una voz. Cuando permitimos una falta de respeto, cuando aceptamos una dinámica que nos agota, o cuando nos quedamos en un lugar donde no se nos valora, estamos emitiendo un voto. Estamos validando, a través de nuestra omisión o nuestro silencio, que eso es lo que estamos dispuestos a aceptar.

Del «me hicieron» al «yo elijo»

Pasar de la victimización a la responsabilidad no es un proceso sencillo, pero es necesario para la salud emocional. Implica cambiar el lenguaje y, por ende, la perspectiva:

  • En lugar de decir: «Él me hace sentir inferior».
  • Podemos empezar a ver: «Permito que sus palabras afecten mi autoconcepto, pero puedo trabajar en mis límites y en mi valor propio para que esto deje de tener tanto peso».
  • En lugar de decir: «Esta situación me tiene atrapado».
  • Podemos preguntarnos: «¿Qué estoy ganando (o qué miedo estoy evitando) al quedarme en esta situación que ya no me hace bien?».

Tomar las riendas

Asumir que somos cómplices de lo que permitimos es, en realidad, el acto de valentía más grande que existe. Si yo soy cómplice de lo que permito, entonces yo soy quien tiene la llave para cambiarlo.

  • Establecer límites es un ejercicio de amor propio, no un ataque a los demás.
  • Decir «no» es el primer paso para decirte «sí» a ti mismo.
  • Alejarse de lo que hace daño no es una derrota, es una estrategia de supervivencia y crecimiento.

Un mensaje para ti

No te culpes por lo que permitiste en el pasado; lo hiciste con las herramientas y la conciencia que tenías en ese momento. Pero hoy, desde este presente, tienes la oportunidad de decidir diferente.

El cambio no ocurre cuando el otro se da cuenta de su error. El cambio ocurre cuando tú decides que ya no vas a ser cómplice de nada que atente contra tu paz.

‘Lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros’.

Jean-Paul Sartre

Nuestra capacidad de transformación es el antídoto al victimismo. ¿Estás listo para tomar el mando?


¿Te has sentido identificado con esta reflexión? ¿En qué área de tu vida sientes que necesitas retomar tu poder personal hoy mismo? Te leo en los comentarios.

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